Noviembre

Nunca he tenido un mes favorito.

Cuando eres pequeño te suelen preguntar cuál es tu mes del año preferido, y yo, por responder algo, acababa decantándome por julio o agosto. Las “celebraciones” familiares o las vacaciones de verano en el pueblo eran una de las razones con las que argumentaba mi decisión. Aunque a decir verdad, mi madre me enseñó siempre a ver lo bonito y necesario de cada  estación (y por consiguiente de cada mes) del año.

Sin embargo, desde hace unos años he empezado a tener un mes que no me gusta: noviembre. Ya no sólo por lo gris que resulta el mes en sí con su lluvia y oscuridad, sino porque ha conseguido ponerse en el podio de “mes trágico” por méritos propios. Y no sólo por lo que respecta a mi familia, sino a la gente que aprecio o conozco.

Y el único día que me gustaba de noviembre, acabó tiñéndose de sombra hace tres años. Ese día se ha convertido en un equilibrio de luz y sombra en el que es imposible  tanto disfrutar (como debiera) como estar triste del todo. Maldita casualidad.

Este año, sin embargo, a las puertas de diciembre y cuando parecía que noviembre conseguiría pasar de puntillas a la tragedia, vuelvo a recibir una noticia que te hiela la sangre de alguien a quien aprecio.

Lo siento noviembre, pensé que este año me harías cambiar de opinión.

Confiaré en que los años venideros sean diferentes.

 

 

 

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